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Ultimo refugio de Don Manuel Arijón Sobre uno de los lados de la vieja calle “la Plata”, en el extremo Oeste de los últimos solares destinados a las sucesivas ampliaciones del porque independencia, se levanta una alargada estatua de Cristo. Brazos abiertos, grandes y afiladas manos invitan ala resurrección a los habitantes de la estructura que las enfrenta. Mediando el asfalto, que deja al descubierto los rieles de los extintos tranvías, Se levanta el cementerio San Salvador. Edificio construido afines del Siglo XIX, en una zona de terrenos entonces inundables, linderos a las quintas de Tiscornia, fuera del radio de bulevares y desafectado del proceso de urbanización. Desde hace largo tiempo que sus blancos murallones son testigos del rumor incesante del tráfico y delos efectos que acarrea el crecimiento de la ciudad. El acceso principal del cementerio se ubica en el centro de dos templetes clásicos soportados por ocho columnas terminadas en capiteles dóricos. La edificación, diseño del ingeniero alemán Oswald Menzell, data del año l888. Uno de los templos resguarda la antigua Sala de Autopsias, donde hoy funcionan las oficinas de la administración. El otro está rematado por una cruz de hierro, hacia el fondo pende la silueta oxidada de una campana, ambos signos mudos de la Capilla Mortuoria aún en funciones. Al cruzar la columnata, los techos elevados que ofrece el pórtico como antesala de la necrópolis, soportados por quince columnas, brindan al entorno un aire de magnificencia; la monumentalidad busca empequeñecer a quien la recorre. El silencio es absoluto, sólo consiguen entrecortarlo pasos vacilantes de deudos que transitan las callejuelas grises de la ciudad de los muertos. A un lado y al otro del camino central, que divide el terreno con dirección al Oeste, se yerguen los panteones y los mausoleos individuales de lo más granado de la sociedad rosarina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Las formas escultóricas, los materiales de construcción, la delicadeza de los detalles de terminación, las dimensiones y las características de las habitaciones sepulcrales reclaman atención. En medio de estas callejuelas semis desiertos pero prolijamente orlados por arbustos, irrumpen emotivos y solemnes epitafios, frías lápidas, placas y mármoles, que actualmente son objeto de la rapiña, al igual que pesadas esculturas entre las que se destacan las alas de los ángeles erosionadas por el viento, con sus atribulados rostros vueltos hacia el pasado. En esta pequeña comarca dominada por la nostalgia y la angustia de lo irrevocable, aparecen últimos refugios de dos inmigrantes gallegos, que llegaron a estas costas promediando el siglo XIX. A escasos veinte metros de la entrada, se eleva el sepulcro de la "Familia José Arijón", cuatro panteones mediante, y sobre el mismo lado de la calle central, aparece el Panteón de la "Familia Manuel Arijón". Dos hermanos, dos familias, dos itinerarios exitosos en los negocios de la exportación y de la tierra culminan al pie sepulturas al pie de ambas sepulturas, aun prolija y suntuosamente dispuestas. Destejer los recorridos que conducen a estos símbolos de prestigio, de distinción y de poder social materializados en la geografía de la muerte es una tarea ardua y para la que sólo contamos con fragmentos de un rompecabezas que apenas se insinúa. Se trata ante todo de ensayar una búsqueda, sin puertos, hoja de ruta o recorridos claramente establecidos. Es necesario formular algunas preguntas, que quizá no puedan por completo, para revisar la trama económica y social que brindo su primer perfil al espacio sobre el que se enfoca el análisis. En esta tarea, ambas tumbas como signos silenciosos encierran el gastado extremo de una madeja que condensa la historia de dos inmigrantes gallegos en Rosario.
Fragmento del libro “Del Ocio a la Fabrica” de Diego P. Roldan Fotos : Juan Pablo Straatman (Diciembre 2008)
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